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LUC – Luteranos Unidos en Comunicación – Iglesias Luteranas Latinoamericanas Unidas en Comunicación – Comunicación – Comunicar = Anunciar – Adviento.

 

¿Qué tendrán en común estos conceptos?

    A primera vista uno podría decir que nada pero pienso que podemos encontrarles mucho en común.

 ¿Qué es LUC?

    Luteranos Unidos en Comunicación (LUC) es una entidad de trabajo en red que reúne comunicadores(as) luteranos(as) al servicio de las Iglesias Luteranas de América Latina, la cual colabora con las instancias de comunicación (editoras, radios, periódicos, productoras de vídeos, seminarios teológicos, entre otras) en estas Iglesias.

 Instancias de comunicación… ¿para comunicar qué? ¿para anunciar qué?

    La Biblia está llena de ejemplos de comunicación/anuncios de Dios para su pueblo: Noé, Abraham, Moisés, Isaías, Jeremías, María, Jesús, por sólo mencionar algunos.

    Jesús en si mismo es el acontecimiento comunicacional más grande e importante en la historia de la humanidad. Viene a nosotros, se hace ser humano, para comunicarnos/anunciarnos la liberación, para hacernos, por su gracia, libres del pecado.

Adviento

    Aún cuando la expresión haga referencia directa a la venida del Señor, con la palabra adviento (adventus) la liturgia se refiere a un tiempo de preparación que precede a las fiestas de navidad y epifanía. Es curiosa la definición del adviento que nos ofrece en el siglo IX Amalario de Metz: “Praeparatio adventus Domini”. En este texto el autor mantiene el doble sentido de la palabra: venida del Señor y preparación a la venida del Señor. Esto indica que el contenido de la fiesta ha servido para designar el tiempo de preparación que la precede.

    El adviento rebasa los límites de la pura experiencia cultual e invade la vida entera del cristiano sumergiéndola en un clima de esperanza escatológica. El grito del Bautista: “Preparad los caminos del Señor”, adquiere una perspectiva más amplia y existencial, que se traduce en una constante invitación a la vigilancia, porque el Señor vendrá cuando menos lo pensemos. Como las vírgenes de la parábola, es necesario alimentar constantemente las lámparas y estar en vela, porque el esposo se presentará de improviso. La vigilancia se realiza en un clima de fidelidad, de espera ansiosa, de sacrificio. El grito del Apocalipsis: “¡Ven, Señor, Jesús!”, recogido también en la Enseñanza de los Doce Apóstoles, resume la actitud radical del cristiano ante el retorno del Señor.

    La invitación del Bautista a preparar los caminos del Señor nos estimula a realizar una espera activa y eficaz. No esperamos la venida de Jesucristo en toda su gloria con los brazos cruzados. Es preciso poner en juego todos nuestros modestos recursos para preparar la venida del Señor.

    Los teólogos están hoy de acuerdo en afirmar que el esfuerzo humano por contribuir a la construcción de un mundo mejor, más justo, más pacífico, en el que los hombres vivan como hermanos y las riquezas de la tierra sean distribuidas con justicia, este esfuerzo —se afirma— es una contribución esencial para que el mundo vaya madurándose y preparándose positivamente a su transformación definitiva y total al final de los tiempos. De esta manera, la “preparación de los caminos del Señor” se convierte para el cristiano en una urgencia constante de compromiso temporal, de dedicación positiva y eficaz a la construcción de un mundo nuevo. La espera del fin de los tiempos y la inminencia de la venida de Jesucristo en toda su gloria en vez de ser motivo de fuga del mundo o de alienación, deben estimularnos a un compromiso más intenso y a una integración mayor en el trabajo humano.

    El adviento nos hace desear ardientemente el retorno de Cristo. Pero la visión de nuestro mundo injusto, marcado brutalmente por el odio y la violencia, nos revela su inmadurez para la venida final de Jesucristo en toda su gloria. Es enorme todavía el esfuerzo que los creyentes debemos desarrollar en el mundo a fin de prepararlo y madurarlo para la venida de Jesucristo en toda su gloria. Deseamos con ansiedad que el Señor venga, pero tememos su venida porque el mundo aún no está preparado para recibirlo. El cielo nuevo y la tierra nueva sólo se nos aparecen en una lejana perspectiva.

Instancias de comunicación… ¿para comunicar qué? ¿para anunciar qué?

    Mateo, Marcos y Lucas, los primeros tres Evangelistas que encontramos en Nuevo Testamento concuerdan en que el tema primario de la predicación de Nuestro Señor Jesucristo era “el Reino de Dios” “Enseñaba en las sinagogas y proclamaba la Buena Noticia del Reino” (Mateo 4:23; 9:35).

    Este Reino de Dios, que es el núcleo de la predicación de Jesús, es un misterio, porque se trata, sobre todo, de una nueva situación que procede de Dios. Surge con Jesucristo y el ser humano no puede acelerarla ni provocarla. Aparece cuando Dios quiere, pero como no es un reinado político, como el que esperaban los principales jefes de Israel, sino religioso, tiene su realización primera en el interior de los seres humanos. Por eso no se impone por la fuerza, como muchas veces lo hacen los reinados meramente humanos, sino que tiene como elemento principal la respuesta libre del ser humano.

    El Reino de Dios es la salvación del ser humano, que ha venido a traer Jesucristo. Y la realización definitiva de ese Reino es la vida eterna, en la que el ser humano recibirá su plenitud definitiva.

    Esto no significa que ese Reino no tenga incidencia sobre las realidades de este mundo.

    Precisamente, que Dios se haya hecho ser humano para salvar a la humanidad y que haya querido vivir la vida humana con todas sus consecuencias, significa que ese Reino, inaugurado con Cristo, ya ha comenzado a actuar aquí. Y si tiene como finalidad principal incorporar a los seres humanos en la gloria, su aceptación será el mayor beneficio para cada ser humano en particular y para la vida en sociedad, propia del ser humano.

    En efecto, este Reino es reino de verdad y justicia, su ley más importante es el amor de los unos por los otros. Es evidente que cuanto mayor sea la aceptación del Reino por parte de los seres humanos, también mayor será la paz y concordia entre estos y, por tanto, su felicidad terrena.

    Podemos decir que lo malo que hay en el mundo depende en gran medida de la resistencia de los seres humanos al Reino de Dios. No olvidemos que Dios no impone su reinado, sino que sólo lo propone, dejando a salvo la LIBERTAD.

    El “nacimiento desde lo alto” que recibimos al entrar en este Reino, o que él entre en nosotros, nos lleva a vaciarnos de todo lo que estorba. La renuncia, el vaciamiento, la abnegación serán entonces frutos de este nuevo movimiento generado por acción del nuevo nacimiento, fruto del Espíritu de Dios… “que nos lleva y pone en la Iglesia para conocer a Cristo” (Martín Lutero).

    Todas las normas del nuevo Reino se pueden encerrar en la respuesta de Jesucristo quien, al ser interrogado sobre el primer mandamiento de la ley, dijo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mateo 22:37-39). En las leyes humanas basta con el cumplimiento externo, pero en la ley del amor se llega hasta el fondo de la conciencia y del corazón, pues de ahí surgen las buenas o las malas obras.

    El mal es vencido por Cristo, que es consecuente, que no cae en la tentación, y por lo tanto se asume junto a nosotros en la muerte y nos asume junto a Él en la resurrección.

    Cristo anunció una segunda venida suya al final de los tiempos como Rey y Juez.

    La creación entera pasará a ser “el cielo nuevo y la tierra nueva” anunciados en el Apocalipsis, donde el mal habrá sido definitivamente vencido: “no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó” (Apocalipsis 21:1-4).

 Instancias de comunicación… ¿para comunicar qué? ¿para anunciar qué?

     Para anunciar las Buenas Nuevas de Nuestro Señor Jesucristo, para anunciar que, por sus méritos, hemos sido liberados. Debemos contribuir, con todo nuestro esfuerzo, a hacer visible al mundo ese Reino, que ya se ha hecho presente entre nosotros a través de Nuestro Señor Jesucristo.

     Ese es nuestro deber como cristianos y como iglesias. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:19-20). 

     Y ese es nuestro privilegio, la posibilidad que Dios nos regala como LUC, ser herramienta al servicio de las iglesias en el cumplimiento de esa Gran Comisión.

     Quiera Dios, en su infinita misericordia, darnos la sabiduría y amplitud de criterios necesaria ser una herramienta útil y eficaz, utilizando todos los dones que de Él hemos recibido, para poder contribuir con la Misión de las Iglesias Luteranas Latinoamericanas de comunicar la Buena Noticia del Reino, mientras esperamos Su venida.

 Roberto O. Stein

Coordinador Región Cono Sur – LUC

Adviento 2003

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